Martes, 24 de mayo de 2005
Esta semana se ha puesto de moda lapidar a este señor, así que vamos a reivindicarle desde esta feliz tribuna. Por si no estáis enterados, el anciano de 84 años Enric Marco ha sido expulsado de la Asociación Amical de Mauthausen, la cual le iba a nombrar presidente esta semana, al descubrirse que nunca fue prisionero en el campo de concentración de Flossenburg, como él contaba. Marco llegó a escribir en 1978 —ese año empezó la mentira— un libro autobiográfico, 'Los cerdos del comandante', donde narraba sus fantásticas experiencias. Fantásticas por inventadas.
Ahora este pobre octogenario va a tener que soportar los insultos y los reproches de sus ficticios compañeros de penurias. La nueva historia es que partió a Alemania como voluntario en 1941 con un grupo de trabajadores españoles, fue detenido y brutalmente interrogado por la Gestapo en 1942 no se sabe a santo de qué y regresó a su país en 1943 tras pasar un breve período en un penal alemán. Claro que, si mintió sobre su estancia en el campo de concentración, también podría mentir ahora y haber estado en realidad buscando a Cthulhu en Atapuerca.
Marco fue, pues, un deportado ficticio. Pero convirtió esa ficción en una convicción, en una obligación: la de luchar para que los horrores de los campos de concentración nazi no caigan en el olvido. Y para que no se repitan. Activista social de dilatada trayectoría, dirigió la CNT en los primeros años de la transición española y también estuvo al frente de la asociación de padres y madres de Cataluña. La misma presidenta de la Amical de Mauthausen reconoce: "nadie ha trabajado por la asociación Amical como él". Pero ha mentido, ¡oh, y eso es malo!, y la prensa ha cargado contra él. No directamente, sino mediante el recurso de la cita entrecomillada. La prensa ha apuntado y la sociedad ha disparado. Lo que ha hecho Enric Marco es, según parece, lamentable. Ya van unos cuantos compañeros/as de facultad a los que oigo rajar de él.
Qué quieren que les diga: en una sociedad de mierda sujeta a lo que marca la hipocresía y el buenrollismo, donde la mentira es el denominador común de las relaciones humanas, que alguien mienta por una buena causa ya es algo digno de elogio. Y que alargue su mentira y esa causa durante casi treinta años, cargando no sólo con su ancianidad sino también con la mentira y la causa, para mí, es de héroes. Quizá un héroe menor comparado con los que realmente sufrieron el horror de Mauthausen y los demás laboratorios infernales de Hitler. Pero con que Enric Marco haya sentido ese dolor como suyo un rato cada día de todo este tiempo, a mí ya me vale para subirlo a mi panteón particular. Unos lo han llamado fraude; yo lo llamaré solidaridad radical.

Después de comer, invaden la parrilla televisiva programas donde la mentira, el rumor y la humillación se convierten en el más aceptado de los pasatiempos sociales. Sublimación de la mediocridad.
La Generalitat tripartita no ha dudado en retirarle la Cruz de Sant Jordi que había recibido de manos de Jordi Pujol en 2001. Si el seguidismo entre partidos ya me parece patético, que un gobierno tome una decisión porque ciertos periódicos han alentado al rebaño a despotricar de cierta persona me hace dudar sobre si Cataluña la preside Pasqual Maragall o la presiden los empresarios del periodismo y sus mercenarios. Es una decisión cara a la galería: me recuerda, salvando las distancias, a cuando los socialistas catalanes echaron fulminantemente del partido al regidor Francesc Salvador por su supuesta implicación, cantada por la prensa gracias a la labor de nuestros cuerpos policiales, en el caso de pederastia del Raval. Acabaron con su carrera política y mancharon su biografía de por vida; luego se descubrió no sólo la inocencia de Salvador sino también los debilísimos y delirantes argumentos con los que se le había acusado. El mal ya estaba hecho.

Aunque Alfredo Urdaci era de una pasta especial, la descontextualización, las medias verdades y las verdades interesadas pueblan los informativos televisivos (y también los escritos, y todos). Otras formas más gratificadas de mentir.
Enric Marco no sufrió en sus propias carnes la humillación de los campos de exterminio nazis. Pero ahora está sufriendo la del campo de atontamiento de los medios de comunicación, con la connivencia de unos políticos tan pagados de sí mismos que apestan y de una sociedad amargada que necesita criminales para sentirse superior a ellos. Humillación a todas luces menor que la de los deportados, pero humillación al fin y al cabo. No pretendo establecer agravios comparativos. Tan solo espero que esto se olvide rápido y le dejen vivir en paz el tiempo que le queda. Bastante ha sufrido y ha luchado ya.
Por: Toni Junyent | General | Comentarios (0) | Referencias (0)